El impacto de la tala de bosques en el cambio climático

La interacción entre los bosques y el sistema climático constituye un ciclo de retroalimentación crítico que define la viabilidad de nuestra economía y bienestar. Los bosques actúan como sumideros de carbono esenciales, absorbiendo aproximadamente un tercio de las emisiones antropogénicas anuales a nivel global. Sin embargo, su degradación está alterando este equilibrio, convirtiéndolos en fuentes netas de gases de efecto invernadero en diversas regiones del planeta.

Esta desestabilización no solo altera el ciclo global del carbono, sino que compromete la regulación biofísica de los territorios. Debilita los regímenes de lluvias, exacerba las temperaturas extremas y reduce la resiliencia de los activos físicos frente a desastres naturales. Para una dirección de sostenibilidad, entender este fenómeno no es solo una cuestión de ética ambiental, sino de gestión de riesgos corporativos y cumplimiento normativo en el marco de la nueva directiva CSRD.

Escenario Global: La presión estructural sobre los ecosistemas

Aunque la tasa de deforestación neta ha mostrado signos de desaceleración en ciertos biomas, la realidad estructural es alarmante. Según datos de la FAO, el mundo ha perdido unos 420 millones de hectáreas de bosque desde 1990. En los trópicos, el pulmón del planeta, la situación es crítica: solo en 2023 se perdieron 3,7 millones de hectáreas de bosque primario.

Esta pérdida supuso la liberación de 2,4 gigatoneladas de $CO_2$, una cifra que supera las emisiones anuales totales de potencias industriales como la India. La expansión agrícola vinculada a materias primas globales (soja, ganadería, palma) sigue siendo el motor de casi el 90% de esta deforestación, lo que pone el foco en la responsabilidad de las cadenas de suministro de las grandes corporaciones.

El caso de España: De sumidero a riesgo de emisor

En España, la amenaza principal no es la deforestación clásica por tala para cultivos, sino un fenómeno más complejo: el abandono rural y el estrés climático. Aunque la superficie forestal ha crecido cuantitativamente debido a la recolonización natural de cultivos abandonados, la calidad, salud y resiliencia de estas masas están profundamente comprometidas. Estamos ante bosques jóvenes, densos y sin gestión, que actúan como auténticos polvorines ante las olas de calor, transformándose de aliados en la mitigación a riesgos mayores de emisión masiva de carbono durante los incendios.

La conexión entre bosques y clima: consecuencias de la deforestación

Los bosques españoles, especialmente los ecosistemas mediterráneos y de alta montaña, son activos estratégicos de infraestructura natural. Actúan como sumideros naturales al absorber CO2 de la atmósfera y almacenarlo en su biomasa aérea (madera), raíces y, de manera crucial, en los suelos. Además, desempeñan una función de termorregulación local: reducen las temperaturas extremas mediante la sombra y la evapotranspiración, manteniendo la humedad del suelo y favoreciendo ciclos hídricos estables.

Cuando estos bosques se talan, se degradan o desaparecen por incendios recurrentes, se pierde esta capacidad de «climatización natural». Esto provoca un aumento inmediato de la temperatura del suelo y del aire, reduce la disponibilidad de agua para la agricultura y la industria, y exacerba fenómenos extremos. Este efecto es especialmente crítico en el arco mediterráneo, donde la degradación forestal acelera la desertificación, un proceso que ya afecta a más del 70% del territorio español en diferentes grados de vulnerabilidad

Riesgo incrementado de incendios forestales

La combinación de bosques degradados, acumulación de biomasa seca y olas de calor prolongadas ha dado lugar a los denominados «incendios de sexta generación». Estas condiciones crean territorios altamente inflamables donde el fuego supera la capacidad de extinción de los servicios de emergencia.

Cada gran incendio tiene impactos financieros y ambientales múltiples: libera décadas de carbono almacenado en cuestión de horas, destruye la cubierta vegetal que protege el suelo y deja el ecosistema expuesto a la erosión severa. Esto genera un círculo vicioso de degradación: la pérdida de vegetación aumenta la vulnerabilidad frente a la próxima ola de calor, lo que a su vez incrementa el riesgo de un nuevo incendio. Para las empresas con activos en el territorio, esto representa un riesgo físico real que debe ser gestionado.

Pérdida de biodiversidad y hábitats

La deforestación y los incendios afectan gravemente a ecosistemas clave como encinares, alcornocales y humedales emblemáticos. Espacios como Doñana o Sierra Morena son hábitats esenciales para especies protegidas como el lince ibérico o el águila imperial.

La fragmentación de estos bosques reduce la calidad del hábitat y altera las cadenas tróficas. Pero la biodiversidad no es solo «fauna»; es la base de los servicios ecosistémicos. Un bosque con baja biodiversidad es más propenso a plagas y enfermedades, capturando menos carbono y siendo menos eficiente en la regulación del agua. La pérdida de biodiversidad es, en última instancia, una pérdida de resiliencia operativa para el ecosistema y para las actividades humanas que dependen de él.

Desertificación y suelos degradados

En el sur y el este de España, la combinación de deforestación y gestión territorial insuficiente está acelerando procesos de degradación del suelo que antes eran milenarios. La pérdida de la capa orgánica reduce la capacidad del terreno para retener humedad y nutrientes, lo que compromete la recuperación natural de la vegetación.

Este fenómeno tiene un impacto directo en la productividad económica. La desertificación no solo afecta a la silvicultura, sino que amenaza la seguridad alimentaria y la viabilidad de la agricultura, aumentando los costes operativos por la necesidad de riego intensivo y fertilización artificial. Sin bosques sanos que protejan el suelo, el paisaje español se encamina hacia condiciones semiáridas donde la inversión en restauración será, cada año, más costosa y menos efectiva.

Agua y riesgo de inundaciones

La relación entre bosque y agua es simbiótica. Sin la cubierta forestal, la capacidad del suelo para infiltrar el agua de lluvia se reduce drásticamente. Esto provoca un aumento de la escorrentía superficial: el agua «resbala» sobre el terreno en lugar de recargar los acuíferos, arrastrando sedimentos y nutrientes.

Durante episodios de DANA o lluvias torrenciales —cada vez más frecuentes por el cambio climático—, la falta de vegetación y la compactación del terreno elevan exponencialmente el riesgo de inundaciones y riadas. La restauración forestal estratégica en cabeceras de cuenca es la medida de ingeniería natural más eficaz para proteger infraestructuras, núcleos urbanos y cultivos de los desbordamientos.

Impacto socioeconómico

La degradación de los bosques españoles golpea directamente al corazón de la economía rural. Sectores como el turismo de naturaleza, la producción de corcho, resina o la ganadería extensiva dependen de ecosistemas equilibrados. Su deterioro limita las oportunidades de empleo local, alimentando el fenómeno de la España Vaciada.

Desde una perspectiva corporativa, la pérdida de masa forestal limita el valor económico derivado de iniciativas de compensación de emisiones. La escasez de proyectos de restauración de alta calidad y verificables hace que los créditos de carbono locales sean un activo escaso y valioso. Invertir en proyectos de reforestación regenerativa con impacto social no es solo filantropía; es asegurar el acceso a servicios ecosistémicos estratégicos y fortalecer la licencia social para operar en los territorios.

Datos recientes sobre deforestación en el mundo y en España

Para dimensionar la urgencia de la acción, es necesario analizar las métricas más recientes. En 2023, el planeta perdió unos 6,37 millones de hectáreas de bosque, lo que sitúa al mundo un 45% por encima de la senda necesaria para cumplir el compromiso global de detener la deforestación para 2030.

Los incendios forestales de 2024 marcaron un hito preocupante, afectando a cerca de 30 millones de hectáreas a nivel global, incluyendo bosques boreales que tradicionalmente eran sumideros estables. Estos incendios generaron 4,1 gigatoneladas de emisiones, cuatro veces más que toda la aviación mundial en un año. Estos datos subrayan que la «gestión forestal» es hoy una prioridad de seguridad climática global.

El contraste español: Cantidad vs. Calidad

Si analizamos los datos de España, la narrativa cambia pero la urgencia se mantiene. Según la FAO y el Inventario Forestal Nacional, la superficie forestal en España ha crecido un 33% desde 1990, cubriendo actualmente el 37,2% del territorio. Somos el segundo país de la UE con más superficie forestal.

Sin embargo, este crecimiento es «funcionalmente frágil». Gran parte de este aumento se debe al matorral y a bosques jóvenes espontáneos sin gestión silvícola. El dato crítico para un Director de Sostenibilidad no es cuántos árboles hay, sino cuántos de ellos sobrevivirán a la próxima década y cuánto carbono son capaces de retener de forma permanente. La «deforestación funcional» —donde el bosque existe pero no cumple sus funciones ecológicas— es el gran reto técnico de la península ibérica.

Soluciones para mitigar el impacto de la deforestación

Frente a este diagnóstico, la solución no puede ser la plantación masiva de árboles sin criterio técnico. Se requiere un cambio de paradigma hacia la regeneración ecosistémica.

Reforestación y restauración de ecosistemas

En Retree, abordamos la restauración como una estrategia de Nature-Based Solutions (NBS) avanzada. Además de plantar árboles; construimos infraestructuras naturales resilientes. Nuestro enfoque se basa en tres pilares diseñados para satisfacer las demandas de las empresas más exigentes en términos de impacto y transparencia:

  1. Metodología Regenerativa y biodiversa:

Priorizamos la selección de especies autóctonas adaptadas al «clima del futuro». Analizamos proyecciones climáticas para asegurar que las especies plantadas hoy sean viables dentro de 30 años. Este enfoque reduce drásticamente los riesgos de plagas y aumenta la supervivencia, maximizando el retorno ambiental de la inversión.

  1. Tecnología, Trazabilidad y Datos:

La mayor barrera para la inversión corporativa en bosques ha sido la falta de datos. Retree soluciona esto mediante una plataforma de monitorización propia que ofrece trazabilidad total:

  • Geolocalización: Cada parcela está monitorizada.
  • Métricas de Carbono: Cálculo de biomasa y CO2 capturado basado en modelos científicos validados.
  • Reporting ESG: Generamos datos listos para ser incluidos en memorias de sostenibilidad, auditorías y cumplimiento de la taxonomía europea.
  1. Impacto Social y Retorno Territorial:

Creemos que un bosque solo es sostenible si la comunidad local lo valora. Nuestros proyectos integran a propietarios forestales, ayuntamientos y trabajadores locales, fomentando la economía circular y el empleo verde. Esto permite a las empresas demostrar un impacto positivo no solo en el ODS 13 (Acción por el clima), sino también en el ODS 8 (Trabajo decente) y el ODS 15 (Vida de ecosistemas terrestres).

La restauración funcional que implementamos actúa sobre el suelo, el agua y el paisaje. Al recuperar humedales, estabilizar taludes y crear corredores biológicos, garantizamos que la inversión de nuestros clientes genere servicios ecosistémicos verificables y duraderos. En Retree, convertimos la responsabilidad ambiental en un activo estratégico para su organización.

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